MOVIDA

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Llevar los oídos en las puntas de los pies.

Escuchar lo que dice la época, que es la nuestra, la que estamos haciendo y lo que estamos haciendo con ella.

Llevar los ojos a las plantas de los pies.

Leer lo que nos dicta el asfalto, lo escrito en el piso pisado por una multitud y también por cada individualidad que así se expresa.

Llevar la razón a los talones.

Sentir el ritmo de cada pisada como un martillo que pica las baldosas como si fueran nubes.

Comprender que cada paso es “una risa furiosa que pone en lucha las transformaciones del peso”.

Aceptar que no hay una manera única de caminar ni una sola que sea la correcta.

Saber que se puede partir de cualquier lado porque la cadena es infinita, como infinitos son los saberes que nos enlazan.

Abrir: nunca cerrar.

Compartir lo sensible, que es el tiempo y el espacio, lo común.

Alentar la igualdad: cualquier persona puede ser mirada para leer en ese cuerpo el mensaje que nos grita nuestro tiempo, en tanto esa cualquiera es parte de algo enorme, porque está en el mismo espacio y a la misma hora que otras cualquieras, haciendo con sus pies su parte de esa infinita coreografía en la cual ningún cuerpo necesariamente es más importante que otro, ni ningún movimiento es necesariamente más importante que otro, y así, al infinito hasta constituir ese infinito.

Es la diferencia lo que es rítimica, y no la repetición.

Es la diferencia la que constituye la coreografía política del cuerpo social.

Des-jerarquizar, para democratizar.

Diluir los límites entre protagonista y espectador, entre acción y percepción.

Partir desde el punto de la igualdad, de afirmarla en cada cuerpo hasta hacerla realidad, hasta hacerla sensación, hasta hacerla ver: existe.

Es.

Mover es con-mover.

Con-movidas, con-movamos.

Texto de Claudia Acuña

Producción fotográfica de Lina Etchesuri y Martina Perosa

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